miércoles, 17 de enero de 2018

No estamos "solitas".

Son las seis de la madrugada. Camino tranquila, despacito y casi de puntillas porque el dolor de pies provocado por los tacones me está matando. La calle está vacía, silenciosa. Mis amigas se han ido por un lado y yo por otro, pequeños inconvenientes de vivir cada una en una punta de la ciudad. Estoy sola y tengo frío. Me muevo por la inercia del cansancio en dirección a mi cama, más que a mi casa, y con los recuerdos sonrientes de una noche de diversión entre amigas. El eco de mis tacones es todo lo que interrumpe el silencio de la calle, haciendo que me pregunte a mí misma por qué los llevo. Sin embargo, cualquier respuesta a esta hora y sin haber dormido me resulta vaga y sin sentido. El silencio sigue invadiendo el espacio y, tal vez por las voces de cientos de mujeres asustadas mucho antes y mucho después que yo resonando en mi cabeza, recordándome que el mundo no es un lugar seguro, convenzo a mis pies doloridos de que aceleren el paso. 

- ¡Rubia! ¿A dónde vas tan solita?

La voz procede de una figura oscura resguardada en un portal, su cara escasamente alumbrada por un mechero que intenta encender un cigarrillo. En mi cabeza una respuesta nítida se conjuga: A donde a ti no te importa. No obstante, aquellas voces de tantas otras que antes me hicieron acelerar el paso, ese instinto femenino de supervivencia me dice que no diga nada, que siga andando. Más rápido. Sin mirar atrás. 

- ¿Por qué tanta prisa, rubita?

El individuo comienza a seguirme y mi mano se dirige automáticamente al móvil. Siento cómo él acelera y yo estoy al borde de echar a correr. Cojo el móvil nerviosamente en la mano e intento marcar.

- ¿Vas a llamar a tu novio? ¿Cómo te deja ir solita por la noche? - dice antes de añadir con un deje de de ese tono vicioso y asqueroso que solo su subespecie de depredadores monstruosos posee - Mmm.. Y además con esa faldita...

Consigo marcar el número de mi madre, siempre la primera de la lista de llamadas. Escucho el primer tono justo antes de que el individuo me alcance y de que me arrastre a la oscuridad de un portal. Grito aterrorizada y escucho lejanamente a mi madre coger el teléfono, pero es demasiado tarde porque el me lo arranca y lo lanza fuera de mi alcance.

- Vamos a ver que esconde esa faldita, zorra. 

Forcejeo mientras siento su aliento húmedo en mi oreja. Le pego una patada en la entrepierna y consigo zafarme lo suficiente de su abrazo como para salir corriendo. Estoy a quinientos metros del portal de mi casa y grito desesperada. El depredador consigue levantarse y correr detrás de mí. Acelero el paso al máximo posible, gritando, pidiendo auxilio, suplicando que mi madre haya decidido salir en mi busca, que aparezca para salvarme. Nada ocurre, solo sigo corriendo con él pisándome los talones y gritando: puedes correr, pero terminaré cogiéndote... Así solo lo estás empeorando. Intento ignorar sus palabras, intento seguir corriendo, intento no pensar y simplemente salvarme.

Entonces veo salir a alguien de un portal cercano. Tiene algo en la mano. La veo. Es una chica. Él no la ve y esa es la mayor de mis suertes, porque gracias al factor sorpresa la chica consigue partirle una palo de escoba en la cabeza. El hombre cae al suelo, la chica corre hacia mí y me abraza. Me pregunta si estoy bien. No soy capaz de contestar, solo puedo mirar como la sangre fluye por la acera provocando que mi respiración vuelva a su estado normal.


miércoles, 10 de enero de 2018

Doce minutos.

Doce minutos me bastaron para dejar de quererte. En el primero me robaste el aliento y jamás me lo devolviste, como siempre. En el segundo el simple roce de tus manos me recordó que era una adicta. En el tercero te fuiste dejándome en el mismo vacío y, a la vez, multitudinario lugar en el que me encontraste. En el cuarto me guiñaste un ojo y el mundo se detuvo. En el quinto te vi jugar a tu juego favorito con otra jugadora. En el sexto te olvidaste de que te estaba mirando, aunque algo en lo más recóndito de mi mente me gritaba que en realidad eras consciente de ello y el saberme observándote despertó tus instintos más morbosos. En el séptimo pasaste por mi lado, rozándome, haciéndome recordar que mi aliento era tuyo. En el octavo me regalaste una gota de tu cariño calmando a la sedienta tonta que habitaba en mí. En el noveno tu jugador interior inició la partida definitiva. En el décimo la besaste. En el undécimo me miraste, pero yo ya no te veía. En el duodécimo recuperé yo misma el aliento que siempre te negaste a devolverme. 


jueves, 4 de enero de 2018

Mis amigos os saludan.

Me gusta hacer nuevos amigos, de esos que te cuentan historias, de los que te enamoran y te envuelven en sus mundos haciéndote olvidar hasta el más estúpido problema. De esos a los que puedes recurrir a cualquier hora, en cualquier momento y en la situación más extraña. De los que te acompañan a todas partes si se lo pides. De esos que no se deben juzgar por la portada, porque hay que pararse a leerlos, a conocerlos. Me gusta hacer amigos con los que contar a través de los años, de los que no decepcionan.

En este pasado año he hecho dieciséis amigos nuevos y a uno de ellos lo he redescubierto. Espero no estar olvidándome de ninguno y si es así, ¡ojalá me perdone! Todos y cada uno de ellos me han enseñado una lección o me han regalado una sonrisa, por eso y por mucho más me encantaría que los conocieseis.

Comencé el año en Barcelona, embarcada en las aventuras que Daniel Sempere y Fermín Romero de Torres tenían que contarme y es curioso, porque casi termino el año en el mismo sitio, redescubriendo las mismas aventuras, releyendo la misma historia, enamorándome de los puentes literarios que ya conocía bien. Continué mi trayecto en Kersey, con la historia de Cathy y entendiendo que ni todo el amor del mundo puede perdonar ciertos daños ocasionados. 

Por alguna extraña razón que desconozco, continué mi andadura en Vilagarcía de Arousa, es decir, bastante cerca de casa. En Vilagarcía me encontré con el inspector Fernando Coira que no lo tuvo fácil en un caso de narcotráfico y muerte en el que todo parecía culminar con una sombra en la noche. La niebla que parecía cubrir el caso del inspector Coira complicando su resolución, se trasladó en el tiempo y en el espacio a: un pueblo inglés en la costa Atlántica en 1943, donde Max descubrió los misterios de su nueva casa; Calcuta en el año 1932, donde Ben y Sheere se reencontraban sin ni siquiera darse cuenta de que ya se conocían y a Normandía en 1937, donde Irene e Ismael descubrieron los horrores de Cravenmoore. Después de todo esto me volví a enamorar de Fermín Romero de Torres y conocí al Prisionero del Cielo. 

No tardé mucho en descubrir con Madison (en Francia) que el amor de una madre puede ser infinito y que ni las peores situaciones pueden quebrantarlo. De vuelta en España, Elena me enseñó que nunca es demasiado tarde para hacer lo que realmente quieres, para romper con todo aquello a lo que estás ligada solamente por costumbre, que nunca es demasiado tarde para matar estereotipos. Nunca es demasiado tarde para ser feliz. 

En muchos lugares y en ninguno a la vez, he descubierto también que puede haber un Cuarteto para un Solista y que hay locos que están más cuerdos que aquellos que los juzgan. En Lavapiés, Alba me contó que el amor es más complejo de lo que parece y que a veces elegir es imposible. Con  Julia me fui a EEUU y entendí que con lo que había visto podría juntarse con el solista del cuarteto, porque me enseñó con su historia que estamos destruyendo La Tierra entre todos y que no se debe juzgar a la gente por sus elecciones; por lo visto somos libres para vivir como queramos hasta que otro decide que no tenemos ese derecho. 

También he de decir que he aprendido mucho sobre política americana gracias a Corey Grace y Lexie Hart. Además he entendido que las oportunidades que dejamos pasar son como globos que se nos escapan de las manos volando lejos de nosotros, no volviendo a estar a nuestro alcance nunca más. Gracias Javier por esa hermosa comparación. 

Por último, conocí a mi admirada inspectora Salazar. Amaia, para los amigos, inspectora o jefa para aquellos que dudan de su valía. Ejemplo de mujer valiente y fuerte, me ha enseñado a creer en la justicia y en guardianes invisibles. 

Gracias a todos, gracias de verdad. Gracias Carlos Ruiz Zafón por la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados y la Trilogía de la Niebla. Gracias a Leila Meacham por Regreso a Kersey. Gracias a Arturo Baeyens Martin por Una Sombra en la Noche. Gracias a Delphine Bertholon por Nunca Olvides que te Quiero. Gracias a Fátima Casaseca por Nadie se Muere de Esto. Gracias  José Luis Sampedro y Olga Lucas por Cuarteto para un solista y a Karen Thompson  Walker por La Era de los Milagros. Gracias a Elisabet Benavent por Alguien que no soy. Gracias a Richard North Patterson por La Contienda y mil gracias a Javier Martínez por su generosidad con El Lugar Donde Mueren los Globos Perdidos. Por último, gracias Dolores Redondo por la Trilogía del Baztán con la que he terminado y empezado el año nuevo. 

Millones de gracias por regalarme la oportunidad de vivir mil vidas en una.


Mis libros

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