lunes, 11 de diciembre de 2017

Decisiones a punta de pistola.

Una pistola apuntándome en la sien, fría y sin sentimientos, como aquel que la sostiene. Dos minutos es el tiempo que me queda para  decidir si quiero vivir siendo un traidor o morir fielmente por el secreto de otros. Tres años han pasado desde aquel momento en el que elegí quedarme en el bando equivocado por amor a alguien que ni siquiera sabía que yo estaba a su lado. Las decisiones tomadas con el corazón (o con la bragueta) no son decisiones, son cagadas, impulsos que nos llevan a complicarnos la vida. Lo supe entonces y lo sé ahora. Cuatro han sido las veces que he escapado de la muerte para volver a su abrazo mecánico y cinco son las cicatrices que recorren mi cuerpo convirtiéndolo en un mapa de malos senderos que no se deben volver a cruzar.

 Vamos, Martín. No tengo todo el día. Suéltalo ya. ¿Dónde está el cargamento?

Un escupitajo sale de mi boca y aterriza en su cara. Una bala atraviesa mi cabeza. Oscuridad.


viernes, 24 de noviembre de 2017

Quiéreme mejor.

Dijiste que me querías y, sin embargo, decidiste romperme en pedacitos. Ahora soy un puzzle al que le faltan piezas. Te quedaste con las fundamentales, aquellas que le dan forma  al dibujo, aquellas sin las que no tiene sentido. Te quise, sin querer, más de lo que yo hubiese querido quererte. Tú, por tu parte, quisiste a la imagen de mí que quisiste creer que era. No te preocupes, he aprendido a encajar las piezas aunque queden surcos amorfos en el centro de mi ser y, sorprendentemente, funcionan a modo de armadura para un corazón que decidió dejar de querer a quien no lo merece. Tal vez no estoy tan bien como lo estuve antes de ti, no importa. Definitivamente mañana estaré mejor, he decidido que quiero quererme como nunca me quisiste.



martes, 21 de noviembre de 2017

Nuestra canción.

Las primeras notas se mezclan con el aire. La voz comienza a brotar de mi garganta, tenue, tímida, como un cervatillo asustado de ser cazado. Entonces, te veo. Te siento, a mi lado. Como siempre. Y la sonrisa se pinta en esa cara de bobo que sé de sobra que pongo cuando te veo. No puedo evitarlo y me acerco, tu perfume me embriaga, tu  voz me transporta a otro lugar. Ya solo estamos tu y yo, nadie nos escucha y la melodía que estamos creando es solo nuestra. Ya no siento mariposas en el estómago, siento leones devorándome por dentro, rugiendo, reclamando el alimento que solo tus labios pueden proporcionarles. Ya no puedo mirar a ningún otro lugar. Me importa poco si estoy quedando como un idiota, solo quiero mirarte, tocarte, cantarte. Quedarme para siempre a tu lado. Esta melodía  es mi nueva banda sonora favorita, la que ameniza el momento en el que me enamoro de ti. O, tal vez, solo ameniza el momento en el que me doy cuenta de que ya no hay marcha atrás, eres la canción que no puedo quitarme de la cabeza, mi canción. Nuestra canción.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Alunizaje.

Quiero volar, contactar con otra atmósfera, aterrizar en la Luna, en Plutón, en Saturno o en una galaxia muy lejana. Quiero explorar tierras inhabitadas, bailar en lugares que no han conocido el ritmo o que, por el contrario, tienen un ritmo propio nunca antes visto. Quiero caminar, correr, saltar, chapotear, pisar, levitar, patear, ir a la pata coja, jugar… Tropezar. Quiero que mis pies me  guíen en la caída y tocar el fondo con las manos para coger impulso en la subida. Quiero vivir soñando y soñar viviendo. 

Quiero ser libre en este mundo de presos. Quiero ser el ritmo de tus pasos, el soplo de aire fresco agitando tu pelo, la luna que te inspira e inspirarme a mi misma. Quiero mirar atrás y sonreír por haberlo intentado aunque el resultado no haya sido el esperado. Quiero ser el pez que nada a contracorriente ignorando lo que la mayoría intenta imponerle. Demostrar que difícil no es sinónimo de imposible, porque donde hay un deseo hay una posibilidad.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ya ves, querida.

Querida yo de hace tres años:

Te escribo para decirte que te equivocabas, el mundo no se acaba porque hayas perdido una pierna. Sí, es cierto que la vida es más difícil, pero no por ello menos bella. 

He elegido este día porque hoy hace exactamente tres años desde el fatídico accidente en el que una anciana de otro coche murió y tú (nosotras) te quedaste con ese recordatorio eterno y poco agradable de lo que sucedió. No hay ni un solo día que no recuerde el accidente y que no piense en el conductor del camión que nos arrolló. Dijeron que se encontraba bajo el efecto de las drogas, ¿sabes? A día de hoy sigo sin entender como alguien que se dedica a la conducción profesional o que simplemente se encuentra en la situación de tener que conducir, se droga. Heroína llevaba el "amigo" metida en vena, ni más ni menos. 

Pero no escribo esta carta para resucitar viejos rencores y miedos que, en realidad, sé que nunca voy a conseguir enterrar. Te escribo esta carta para que dejes de culparte, para que entiendas que una pierna no es la vida y que no podías hacer absolutamente nada para cambiar lo sucedido. Esa posibilidad no estaba en tus manos, en todo caso estaba en las del camionero. 

Recuerdo la sensación de inutilidad que sentiste (sentimos) intentando salir del coche para ayudar a la señora Romina, que así se llamaba la mujer tristemente fallecida, como gritabas suplicando ayuda. Recuerdo la cara del camionero que bajó tambaleándose del camión. Recuerdo también la cara de la persona que nos ayudó, como intentó parar la hemorragia que me (nos) estaba seccionando no solo la pierna, sino también la vida. Como se lanzó a ayudar a la buena señora importándole poco que el coche comenzase a arder. Quiso sacarla, pero era demasiado tarde. El coche explotó en el mismo momento en el que los bomberos apartaban a aquel muchacho que se retorcía en el amarre con la única intención de ayudar. Siempre he pensado que aquel chico era un ángel, aunque los ángeles no son soeces y este le escupió en la cara al camionero cuando pasó por su lado.

 Fue ese ángel llamado Martín el que me robó las primeras sonrisas en el hospital. Fue también ese ángel el que me animó a levantarme de la cama, a caminar de nuevo. Fue ese ángel el que ejerció de bastón durante mi periodo de iniciación. Es ese ángel el que ahora vela mi sueño cada noche. A Martín le debo la vida en más de un sentido. No solo me salvó aquella tarde en la carretera, sino que me salva cada día en el que mi sonrisa se vuelve pesada y decide no salir. Me salva en cada mal pensamiento, me salva del camionero que me persigue en pesadillas. Me salva ante la tristeza. Me recuerda cada día que una pierna no es la vida, que podría ser peor y que me queda mucho camino por andar aunque tenga que hacerlo a la pata coja. 

Ya ves, querida. La vida sigue siendo hermosa. 

Con cariño, 
Tu yo del futuro.


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