sábado, 7 de julio de 2018

¡Boom!

Estás en ruinas. Lo sé. No pasa nada, amor. Los escombros son solo eso, escombros. Se pueden apartar, desechar o simplemente dejarlos en el olvido a irnos a otra parte. A otro mundo. A tu mundo. Al mío. A donde quieras. El lugar me da igual, solo me importa construir una nueva ciudad contigo, más brillante y cívica. Una ciudad donde tú gobiernes, rey de tus sonrisas y de las mías. Quiero construir un nuevo mundo. Crear una nueva galaxia. ¡Boom! De nuestro choque, de repente, planetas, ecosistemas. Vida.


miércoles, 2 de mayo de 2018

Arena.

Lo tuviste todo en tus manos, pero dejaste que se escurriese como si fuese arena. Has dejado que se formase un desierto y, desesperado, buscas el agua que una vez estuvo y se fue. No escarbes buscando acuíferos, no llores con la esperanza de que tus lágrimas atraigan el agua. Se acabó. No queda nada más que un yermo paraje y el recuerdo de un oasis que decidiste talar lentamente, recreándote en cada corte y desaprovechando cada sombra. Ya no queda nada más que esa arena que dejaste escurrir y la sequía de un corazón que ya no volverá a latir por ti. 


viernes, 13 de abril de 2018

Tira y afloja.


No lo voy a negar, me gustaría que me comieses. Entera. De arriba a abajo. Norte, sur, este y oeste. Que me agarrases de la mano y me llevases lejos. Que bailásemos pegados, muy pegados. Que mis fotos sean todas en tu cama. O en la mía, que más da. No voy a negar que me pongo celosa cuando me hablas de otras. Tampoco voy a negar que en compensación te he hablado de otros para ponerte celoso. Es un tira y afloja continuo, pero cariño sigue tirando, ya aflojaremos luego. Tira, tira los dados que es tu turno, y juégame, juégame lento. No es más que una partida en el que podemos perder la razón y la ropa.


jueves, 12 de abril de 2018

Raspones.

Quiero enseñarte el mundo. La cara bonita y la cara fea, como las dos caras de la luna. Quiero que camines solo y a mi lado. Que aprendas a quererte y a quererme, pero sobretodo a quererte. Quiero que sonrías todos y cada uno de los días de tu vida aunque solo sea una vez. Quiero que te valores, que te veas de verdad y que te mires en el espejo orgulloso de ser quien eres. Quiero ver el brillo en tus ojos cada vez que algo te ilusiona y que me contagies con tu risa cuando estés alegre. Quiero que te ates bien los zapatos para evitar tropezar con tus propios cordones, pero que si tropiezas sepas que levantarse es posible incluso estando solo. Que los raspones de las rodillas son normales y que llorar no es ilegal. Quiero que mires lo más lejos posible y digas: hasta allí voy a llegar. Que no dudes a la hora de luchar para llegar a tus metas, que si cuesta es porque merece la pena, que te convenzas de que no hay nada imposible. Recuerda lo que dicen por ahí: lo imposible solo cuesta un poco más. Quiero que salgas a la calle seguro de que tienes derecho a pisarla con fuerza y hacerla tuya, porque ¿sabes qué? El mundo es tuyo.



Como buena señorita.

De pequeña me dijeron que no era de señoritas levantar la voz ni decir palabras malsonantes. También me dijeron que cruzase las piernas, que no fuese mandona, que no debería jugar con los niños en la tierra, que si tenía ya novio (y eso que era una niña)... Luego crecí y siguieron diciéndome que levantar la voz y decir palabras malsonantes no era de señoritas, que cruzase las piernas, que no fuese mandona y también empezaron a decirme que mi falda era demasiado corta, que iba provocando, que si no era demasiado joven para tener novio. Seguí creciendo y levantar la voz, decir palabras malsonantes, no tener las piernas cruzadas y ser mandona seguía sin ser propio de señoritas. Las faldas siguieron siendo demasiado cortas. Empezó a pasárseme el arroz porque no tenía ni novio ni hijos, y eso que tenía algo más de veinte años. Las posibilidades de trabajo iban en función de mi escote y el sueldo en función del de mis compañeros. Y aquí estoy, gritando lo cabrones que sois con las piernas abiertas y los shorts bien cortos.


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