lunes, 11 de diciembre de 2017

Decisiones a punta de pistola.

Una pistola apuntándome en la sien, fría y sin sentimientos, como aquel que la sostiene. Dos minutos es el tiempo que me queda para  decidir si quiero vivir siendo un traidor o morir fielmente por el secreto de otros. Tres años han pasado desde aquel momento en el que elegí quedarme en el bando equivocado por amor a alguien que ni siquiera sabía que yo estaba a su lado. Las decisiones tomadas con el corazón (o con la bragueta) no son decisiones, son cagadas, impulsos que nos llevan a complicarnos la vida. Lo supe entonces y lo sé ahora. Cuatro han sido las veces que he escapado de la muerte para volver a su abrazo mecánico y cinco son las cicatrices que recorren mi cuerpo convirtiéndolo en un mapa de malos senderos que no se deben volver a cruzar.

 Vamos, Martín. No tengo todo el día. Suéltalo ya. ¿Dónde está el cargamento?

Un escupitajo sale de mi boca y aterriza en su cara. Una bala atraviesa mi cabeza. Oscuridad.


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