sábado, 14 de enero de 2017

FRÍO



La noche era fría. Enzo caminaba bajo una resplandeciente luna llena admirando su belleza, su soledad y su misterio. Era un chico reflexivo, al menos eso era lo que decían sus psicólogos los pocos días tranquilos que su demencia le dejaba. Sus pensamientos eran agujeros negros que absorbían sus ganas de vivir, de soñar, de amar… No sabía que era lo que fallaba en él, por qué la gente lo evitaba... En realidad, tampoco le importaba, a Enzo le encantaba estar solo; estar solo para pensar.

La muerte era uno de sus temas favoritos, pero a los demás la crudeza de la realidad que este tema conllevaba les horrorizaba. Enzo no entendía por qué, ¿acaso no era la muerte lo único seguro que la vida aportaba? El único hecho inamovible cuando nacemos es la muerte. La vida es la carretera y la muerte es el destino. Para Enzo, el camino se hacía demasiado largo… Como un atasco en hora punta. A veces, simplemente le apetecía pisar el acelerador, salir del atasco campo a través y llegar a lo importante, a su destino.

Enzo seguía caminando por aquel descampado. Empezaba a hacer viento y la temperatura descendía rápidamente, pero él no era consciente. Sus pensamientos lo atrapaban y transportaban a una dimensión distinta. Si fuese consciente, si estuviese centrado en la realidad, como siempre le pedían sus psicólogos, sentiría como el viento pegaba la fina tela del camisón hospitalario a su piel. Si hubiese tomado su medicación y seguido las prescripciones médicas habría visto aquel barranco que bordeaba el riachuelo.

No, Enzo no era consciente. Su mente viajaba libremente a lugares más oscuros donde la luna no era tan brillante. ¿Dónde estaba la luna? Lo había abandonado también. No pasaba nada, Enzo no estaba molesto. Estaba solo, eso le gustaba, caminar solo. Ni siquiera necesitaba la escasa compañía que la luna le proporcionaba.

"Su mente viajaba libremente a lugares más oscuros
donde la luna no era tan brillante".

Continuó su camino, pensando... Recordando y añorando a la única persona a la que realmente había querido, su Ana... Ella no entendía la muerte como él, era totalmente distinta… Tan hermosa, tan engañada. Creía que la vida era bella y que él algún día lo vería. Solía decirle que en algún momento pensaría como ella y que se curaría. ¿Curarse de qué? En tal caso se tenía que curar ella, ver las cosas como son, ver la belleza donde realmente reside. Enzo solo quería mostrárselo, por eso apretó su cuello hasta que su piel empezó a cambiar de color. No quería hacerle daño, solo quería que entendiese cual es la realidad. Quería mostrarle la belleza de la muerte. Entonces, apareció Sofía y no lo entendió. Gritaba, parecía fuera de sí. No entendía que Enzo quería curar a Ana y lo insultaba, le llamó monstruo y lo alejó de ella. Luego la policía y la ambulancia aparecieron y apartaron a Ana de Enzo. Él solo quería curar a Ana. Él solo quería curar a Ana. Él solo quería curar a Ana. Se lo repitió una y otra vez como un mantra y cuando la policía lo interrogó solo pudo decirles eso.

No volvió a ver a Ana y todo se volvió gris. Las paredes, las sábanas, las enfermeras que lo trataban en aquel hospital. Su única compañía eran los psicólogos y psiquiatras que lo visitaban tres veces al día. Ni siquiera lo dejaban relacionarse con el resto de pacientes por ser “altamente peligroso”. Hasta ese momento no había visto nada más allá de su habitación de hospital en dos años. En un momento de lucidez, aprovechó un descuido de sus cuidadores para volar de la jaula y escapó.

Enzo fue hallado 3 días después en las inmediaciones del descampado que separa el río del psiquiátrico. Había llegado a destino.






2 comentarios:

  1. En efecto, esperemos que Enzo haya llegado por fin a su destino... Estupendo relato +Sanbeta.

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    1. Esperemos, sí. Muchas gracias por leerme. Un saludo.

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