miércoles, 5 de abril de 2017

AZUL (III)

Dicho de un color: semejante al del cielo sin nubes y al mar un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso.

(Este texto es la tercera parte de Azul, si no  habéis leído las otras dos os resultará complicado seguir el hilo de la historia. Para ir a la primera y a la segunda parte solo tenéis que hacer clic aquí: Azul (I) y Azul (II)).

Día 28.
Hoy acompañé a mi madre a hacer la compra semanal. Caminamos por la calle hasta alcanzar un parque repleto de niños felices jugando y saltando, vibrando con la vida que inunda sus venas. Ahí, en ese parque, el corazón se me paró, sentí una punzada de dolor en el pecho y el hueco de mi estómago se hizo más grande, pero no dije nada. Seguí caminando, intentando respirar con normalidad sin llamar la atención ni despertar la preocupación de mi madre. Cuando volvimos a casa subí a mi desconocida habitación e intenté dormir, olvidarme de lo poco que recuerdo.

Cuando desperté descubrí una reunión clandestina en el salón. Bajé las escaleras de la forma más silenciosa posible y me escondí en la penumbra que envolvía el rellano. Mis padres, mi hermano y unos señores a los que no conseguía ver la cara se encontraban sumergidos en una conversación que debía de ser cualquier cosa, pero no agradable. Mi madre lloraba, mi hermano agachaba la cabeza y mi padre, simplemente, escuchaba lo que los señores le decían. Intenté escuchar y mi cerebro consiguió reconocer las voces. Conocía a esas personas. Miguel y María. Esos fueron los nombres que afloraron en mi cabeza. Entonces, la mujer se levantó y avanzó hacia la entrada del salón, miró hacia el techo con una de las miradas más tristes que probablemente haya visto en mi vida. Sus ojos azules lo eran aún más bañados por lágrimas de dolor. Azul, ese azul… Intenté conectar con la conversación, entender las palabras y recordar algo más que unos simples nombres. Pero sus palabras eran alaridos susurrados que hicieron despertar en mi memoria demonios dormidos.

Todos se levantaron y se dirigieron a la salida, iban a descubrirme así que me colé en la cocina sigilosamente. Mi padre los acompañó al coche, mi madre subió a su dormitorio ahogada en lágrimas ácidas que quemaban su corazón más que su rostro. El único que permaneció en el mismo sitio fue Matías, sentado, cabizbajo… No, no estaba cabizbajo, estaba mirando algo. Tenía una foto aferrada entre las manos como si fuese su mayor tesoro y no pude evitar acercarme atraída por un magnetismo más poderoso que la gravedad. No levantó la cabeza pero sabía que era yo. Me senté a su lado y tomé la fotografía de sus manos. Entonces, los recuerdos me enterraron. Eran como una cascada de agua helada que, cuando llegaban a mí, se convertían en hielo, clavándose como puñales.

"Semejante al del cielo o al
del mar en un día soleado".
El día del atentado yo no estaba sola, me dirigía al teatro con mi marido y mi hijo de 10 años. Darío llevaba a Lucas de la mano cuando pisaron una de esas malditas minas. Yo estaba más rezagada observando como la vida me había dado todo lo que necesitaba para ser feliz, entonces mi móvil sonó y me paré a contestar. Fue en ese momento cuando todo se volvió azul. Viví a cámara lenta como mi mundo se acababa. Todo moría con la mirada azul de mi niño. Esos preciosos ojos azules heredados de su padre y su abuela. Esos ojos que me persiguen desde ese fatídico día y que me perseguirán por siempre. Vi el cuerpo de mi pequeño en condiciones que mi cerebro ha decidido distorsionar, agonizando a pocos metros de mí. Intenté moverme para ayudarle, para protegerlo, para salvarlo, pero la explosión me había alcanzado. Grité, me arrastré, supliqué y recé. El mundo estallaba y nosotros con él, todo se movía a cámara lenta a nuestro alrededor. La gente corría asustada, buscando refugio; la vida se escapaba en últimos suspiros, cuerpos desmembrados caían por todas partes, heridos mortales susurrando sus despedidas… La muerte acechaba a la vuelta de la esquina esperando su botín. La siguiente explosión provocó una lluvia de cascotes que nos golpearon y enterraron volviéndolo todo negro.

Día 38.
Hace diez días que sé la verdad. Los recuerdos siguen volviendo, pero ya solo son sonrisas y juegos, recuerdos felices de tiempos que ya nunca volverán. Matías me ha llevado al lugar donde descansan mis ángeles. El no haber podido despedirme, pasar el duelo o vestir el luto maximiza mi dolor. La tristeza que asola mi alma es solo comparable con la inmensidad del universo. Jamás podré olvidar la cara de mi niño en sus últimos momentos, esa imagen me persigue en mis pesadillas y en mis alucinaciones. Juego cada noche a venderle mi alma al diablo a cambio de una última sonrisa de mi pequeño. Sé que Darío lo está cuidando y que ambos me están esperando en el mundo de los sueños.

He vuelto a la que realmente es mi casa, esa casa llena de recuerdos que ahora está desolada. Ya no se escuchan gritos, risas o correteos. Ya no se respira felicidad, ni la luz alumbra con el mismo esplendor. Ahora es solo una casa gris con habitaciones vacías.

En las noticias dicen que han detenido a uno de los terroristas, que tres murieron en el atentado abatidos por la policía y que dos han escapado. Yo solo alcanzo a preguntarme por qué seres tan podridos están todavía en este mundo mientras mi pequeño rayo de luz azul ya lo ha dejado. Cómo individuos tan inhumanos continúan vagando libres mientras el hombre más bueno que he conocido ha perecido en un sinsentido.

Ahora es momento de asumir la realidad, apretar los dientes, tragarse las lágrimas y seguir caminando. Ser fuerte es algo que se le daba mucho mejor a Darío que a mí. Él, con su paciencia infinita y su amor incondicional, me proporcionaba el refugio que necesitaba para calmar mis miedos. Pero ya no está y ahora soy yo la que tiene que caminar sola. Caminar por mis dos ángeles. Es hora de sonreír, gritar, saltar, reír, amar y llorar. Es hora de vivir por todos aquellos que ya no están.



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